lunes, 17 de noviembre de 2014

Siempre he creído en los reencuentros. Es el momento preciso en el que todo vuelve a su lugar, en el que las cosas tienen sentido por fin. El problema está cuando hay más despedidas que reencuentros. El distanciamiento es inevitable, todos lo sabemos. Pero en nuestras manos está la posibilidad de cambiar todo esto y buscarle una solución. Aunque hay ocasiones en las que uno de los dos no desea este acercamiento. Ya sea porque su vida ha dado un giro, porque siente que no necesita a la otra persona. No lo sé. Lo que sí conozco es la situación de la otra persona. Duele ver que alguien con quien has compartido tantos momentos, de repente, quiere desaparecer de tu vida y no volver a formar parte de ella. Y que no puedes hacer nada por remediarlo. Porque no puedes obligar a alguien a quedarse, cuando desea marcharse. Porque cargarías con eso toda tu vida, con unos remordimientos de proporciones gigantescas, densos e inamovibles. Por eso permaneces callada mientras todo esto ocurre. Porque prefieres que el otro esté bien a tu propio bienestar. Porque no existe otra posibilidad. Tan solo queda el recuerdo, una mezcla agridulce de buenos momentos y lágrimas, que ahora te ahoga, sumergiéndote en una situación que nunca quisiste que ocurriera.

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