Todavía sigo buscando tu silueta en cualquier esquina, un indicio de que estás ahí, de que no has desaparecido definitivamente de mi vida.
Pero no.
No te encuentro.
Ni en las frías mañanas sin tu sonrisa, que calentaba hasta el más frío glaciar, ni en esos andenes solitarios, ansiosos por contar historias, ni en los portales que han visto más besos que cualquier juzgado o iglesia.
Creo que ya he asumido que lo que fuera que tuvimos, empezó y acabó esa noche, al igual que el deseo y la necesidad de estar en los brazos del otro.
Supongo que fue una de esas historias que cuentan los poetas, fugaces como cometas e intensas como un polvo en un lugar insospechado.
No sé.
Es raro que no estés pululando por mi vida, jugando conmigo, salvándome de tantas cosas -incluso de mí misma-.
martes, 28 de octubre de 2014
El error - 84
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